Isabel Florencia Baeza
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Algo se mueve en el fondo
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Apreciaciones Contemporáneas
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Rosas atrapadas
La Magazine
Para benigno
Páramo
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Flores en el set
Hongos
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The Lonely Rose
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Recolección
2021
Hace días que el Lelo me había comentado que conocía un lugar donde se encuentran changles, hongos maravillosos que son originarios de aquí del sur de Chile. Él nunca los había visto ni sacado, pero los había probado y le gustaron. Yo también los he probado, en algún aperitivo, como algo preciado, exótico, caro. Sabía que eran hongos especiales.
No sabíamos cuándo ir, pero sabíamos que salen con las primeras lluvias del invierno. Ayer, me dijo Lelo, que llegando a la población en donde vive, se encontró con un amigo pescador, le dijo que fueran a pescar y a buscar Changles, que seguro ya habían. -Me hice el loco- me dijo el Lelo y me dijo que mañana me pasaría a buscar para ir a la recolección.
Fuimos en la camioneta al fundo Mansun, que está bien cerca de mi casa, nos estacionamos en el camino y partimos. Cruzamos varios campos, bosques, hasta llegar a la Isla de Aguayo -Isla de Aguayo se llama Isa, se llama así porque aquí vivía Aguayo- y se ríe porque siempre habla con redundancias. Es un lugar muy enigmático. Antes, me contó el Lelo, el Río Quepe en esa parte tenía dos brazos, y en una de sus orillas vivía Aguayo, en una casita. El murió y de la casa no queda rastro, lo único que queda del muerto son los árboles frutales que él mismo plantó en su jardín. Y ahí están, custodiados por su fantasma: un Castaño, un Manzano y un Albaricoque. Hay algo muy poderoso ahí. Una presencia. Los campos son lugares de mucha nostalgia para mi, no sé muy bien por qué.
Retomo el relato füngi: Nos metimos por uno de los senderos. Son muy poderosos esos primeros momentos de búsqueda. El bosque es grande, hay que acostumbrarse a avanzar bien agachado. Las lianas, enredaderas, coligues. Las hojas húmedas. El suelo resbaloso, tus zapatos se hunden en la tierra. El olor delicioso. Muchas telarañas. Todo te tiende a retener, detener, abrazar. Pero yo sigo expectante del primer encuentro. El primer hongo.
Avanzábamos y no encontrábamos nada, no veíamos nada, era extraño. De repente, pasando por uno de los lugares por los que ya habíamos andado:
Y ahí está el changle.
-¡Aquí hay uno!- Gritó con una carcajada feliz el Lelo -¡Ven Isa aquí hay uno!- Corrí hasta él y sentí como se apoderaba adentro en el corazón esa emoción que él había recién gritado. Una sensación de felicidad. Amor. Euforia. -¡Qué maravilla!- grité y comencé a escarbar para sacarlo.
Pensé en los que buscan el Oro, qué sentirán esa primera vez. O las buscadoras de perlas. Cómo será ese momento cuando a través del agua, bien profundo ven ese destello luminoso.
Hay tantos poemas y proverbios japoneses sobre las emociones de encontrarse con un hongo en los bosques. Empiezo a entender. Seguimos caminando por las sombras, luces tenues entre los árboles, ahora con otra actitud. Felices. Expectantes. El deseo del segundo encuentro. De que te invada de nuevo esa sensación hermosa. Me tocó a mi -¡Lelo! ¡Lelo! ¡Encontré!-
Y de nuevo fuimos invadidos.
Por un rato no encontramos nada. Lelo dijo -con lo que tenemos ya me siento bien, pensé que quizás ni habían salido todavía- pero seguimos encontrando más.
Ay cómo brillan Los Changles, como algas de Oro sobre la tierra negra y húmeda- Se camuflan un poco con las hojas amarillas del Otoño y los coligues secos. Pero cuando se mira con delicadeza, son inconfundibles. Cuando ya se encuentra uno se destraba la visión, se activa algo, se instala en el cerebro. Qué hermosos son. Alga terrestre, brillante, irregular. Misteriosos, inesperados.
Tuvimos que suspender la búsqueda porque mi papá nos llamó para ir a almorzar. Seguíamos felices. Caminando de regreso, Lelo abrió uno de los bolsillos de su mochila y sacó un paquete de galletas tritón que pasó a comprar antes de pasar por mi. Un premio para los dos por la recolección y la celebración.
Ya es de noche y la felicidad sigue en mi corazón.
2021
Hace días que el Lelo me había comentado que conocía un lugar donde se encuentran changles, hongos maravillosos que son originarios de aquí del sur de Chile. Él nunca los había visto ni sacado, pero los había probado y le gustaron. Yo también los he probado, en algún aperitivo, como algo preciado, exótico, caro. Sabía que eran hongos especiales.
No sabíamos cuándo ir, pero sabíamos que salen con las primeras lluvias del invierno. Ayer, me dijo Lelo, que llegando a la población en donde vive, se encontró con un amigo pescador, le dijo que fueran a pescar y a buscar Changles, que seguro ya habían. -Me hice el loco- me dijo el Lelo y me dijo que mañana me pasaría a buscar para ir a la recolección.
Fuimos en la camioneta al fundo Mansun, que está bien cerca de mi casa, nos estacionamos en el camino y partimos. Cruzamos varios campos, bosques, hasta llegar a la Isla de Aguayo -Isla de Aguayo se llama Isa, se llama así porque aquí vivía Aguayo- y se ríe porque siempre habla con redundancias. Es un lugar muy enigmático. Antes, me contó el Lelo, el Río Quepe en esa parte tenía dos brazos, y en una de sus orillas vivía Aguayo, en una casita. El murió y de la casa no queda rastro, lo único que queda del muerto son los árboles frutales que él mismo plantó en su jardín. Y ahí están, custodiados por su fantasma: un Castaño, un Manzano y un Albaricoque. Hay algo muy poderoso ahí. Una presencia. Los campos son lugares de mucha nostalgia para mi, no sé muy bien por qué.
Retomo el relato füngi: Nos metimos por uno de los senderos. Son muy poderosos esos primeros momentos de búsqueda. El bosque es grande, hay que acostumbrarse a avanzar bien agachado. Las lianas, enredaderas, coligues. Las hojas húmedas. El suelo resbaloso, tus zapatos se hunden en la tierra. El olor delicioso. Muchas telarañas. Todo te tiende a retener, detener, abrazar. Pero yo sigo expectante del primer encuentro. El primer hongo.
Avanzábamos y no encontrábamos nada, no veíamos nada, era extraño. De repente, pasando por uno de los lugares por los que ya habíamos andado:
Y ahí está el changle.
-¡Aquí hay uno!- Gritó con una carcajada feliz el Lelo -¡Ven Isa aquí hay uno!- Corrí hasta él y sentí como se apoderaba adentro en el corazón esa emoción que él había recién gritado. Una sensación de felicidad. Amor. Euforia. -¡Qué maravilla!- grité y comencé a escarbar para sacarlo.
Pensé en los que buscan el Oro, qué sentirán esa primera vez. O las buscadoras de perlas. Cómo será ese momento cuando a través del agua, bien profundo ven ese destello luminoso.
Hay tantos poemas y proverbios japoneses sobre las emociones de encontrarse con un hongo en los bosques. Empiezo a entender. Seguimos caminando por las sombras, luces tenues entre los árboles, ahora con otra actitud. Felices. Expectantes. El deseo del segundo encuentro. De que te invada de nuevo esa sensación hermosa. Me tocó a mi -¡Lelo! ¡Lelo! ¡Encontré!-
Y de nuevo fuimos invadidos.
Por un rato no encontramos nada. Lelo dijo -con lo que tenemos ya me siento bien, pensé que quizás ni habían salido todavía- pero seguimos encontrando más.
Ay cómo brillan Los Changles, como algas de Oro sobre la tierra negra y húmeda- Se camuflan un poco con las hojas amarillas del Otoño y los coligues secos. Pero cuando se mira con delicadeza, son inconfundibles. Cuando ya se encuentra uno se destraba la visión, se activa algo, se instala en el cerebro. Qué hermosos son. Alga terrestre, brillante, irregular. Misteriosos, inesperados.
Tuvimos que suspender la búsqueda porque mi papá nos llamó para ir a almorzar. Seguíamos felices. Caminando de regreso, Lelo abrió uno de los bolsillos de su mochila y sacó un paquete de galletas tritón que pasó a comprar antes de pasar por mi. Un premio para los dos por la recolección y la celebración.
Ya es de noche y la felicidad sigue en mi corazón.